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Sebastián es ¡Andalú!
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DIAS EXTRAÑOS

DIAS EXTRAÑOS Ahí estoy, en el hombro de mi padre, como si fuera un saco de patatas. Y es que hoy ha sido un día extraño. Ahí me ven, protestando.

En realidad no es una protesta contra nada en concreto. Hoy he tenido gases, ¡qué día no tendré más!. Hoy he comido requetebién, ¡qué día no he comido bien hasta ahora!. Incluso he podido dormir a ratos, no mucho, pero sí he dormido. No, es simplemente que hoy estoy protestón. Y sé por qué. Como explicárselo. Es como si de repente se dieran cuenta de que no pueden hablar, como si sus labios estuvieran cerrados. O como si estuvieran en un país en el que se habla otro idioma, no sé el afgano o el japonés o el cantonés, y por mucho que lo intentara nadie le entendiera. Eso me ha pasado a mí hoy. Que tengo muchas cosas que contar, que quier hablar con mi madre o con mi padre y contarles lo bonita que es la vaca morada que tengo en el cabecero de la cama, sí ya tengo mi propia cama, o el frío que hace en la calle y sólo me salen gritos y balbuceos ridículos que solo yo comprendo. Y me desespero. Luego les veo comer patatas y carne y beber agua en vasos y reirse y me da envidia, mucha envidia, aunque no se si prefiero la leche de la teta de mi madre. Pero me gustaría estar ahí sentado, comentando las noticias de la tele o hablando de colores o de olores y no puedo, porque soy muy pequeño (aunque eloos dicen que soy muy grande) y porque no se hablar, no sé decir palabras. Sí se escribirlas, ¡qué terrible paradoja!, pero soy incapaz de pronunciarlas.

Y he hecho otro descubrimiento esencial. No sé hacer un montón de cosas que deberían ser simples. Una es tirarme pedos. La otra es muy extraña. Cuando empiezo a gritar no tengo ni idea de cómo se para, no sé qué tengo que hacer para dejar de gritar. Es como si se hubiera pulsado una tecla de "encendido" pero no hubiera ninguna de "apagado". Menos mal que mis padres sí saben cómo hacerlo. Me pongo a gritar y después de un rato, grito porque no puedo dejar de gritar y entonces cualquiera de los dos dice, "se acabó" y yo digo, "¿qué?" y ahí se me corta el grito. Menos mal que siempre los tengo cerca. Podría si no estar gritando días y días sin parar, sin saber parar que es todavía más desesperante.
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